Nelson Mandela, el primer presidente negro de
Sudáfrica y hombre clave para acabar con el régimen racista del apartheid
falleció el pasado jueves 5 de diciembre a los 95 años en su casa de
Johanesburgo rodeado de su familia. La salud de Madiba, como cariñosamente se
le conocía, era frágil desde hacía tiempo. Con Mandela desaparece una de las
figuras claves del siglo XX, un símbolo de la capacidad de los pueblos para
superar el pasado.
Al salir en
libertad el 11 de febrero de 1990, Mandela emprendió una marcha triunfal por toda Sudáfrica en
la que prefijó un mensaje muy perfilado de reconciliación y desafío. No era
ningún Gandhi y se negó a pedir el cese de la “lucha armada” hasta que el
Gobierno dio señales inequívocas de comprometerse a una democracia de pleno
derecho en la que se aplicara el principio de una persona, un voto.
Mandela, tendió
la mano a una Sudáfrica blanca bastante pacificada convenciendo a su propia
gente para que hiciera otra concesión en un asunto que todos los surafricanos
llevaban en el corazón.
El objetivo
fundamental de Mandela durante sus cinco años como presidente fue cimentar las
bases de la nueva democracia, alejar la perspectiva de una contrarrevolución
terrorista de la extrema derecha armada. Y lo consiguió. Sudáfrica, pese a
todos los problemas que hoy tiene (problemas que comparte con docenas de
países, después de haberse deshecho de la épica y terrible singularidad que en
otro tiempo le distinguía del resto del mundo), es una democracia estable,
mucho más respetuosa con el imperio de la ley y la libertad de expresión que,
por ejemplo, Rusia, otro país que acabó con años de tiranía más o menos en la
misma época. Se ha dicho, y seguramente se seguirá diciendo mucho tiempo, que
Mandela podría haber hecho más para remediar las injusticias económicas del
apartheid. Tal vez, pero en un país con un elevado índice de natalidad y sin
unas cifras de crecimiento económico equiparables, ese era un reto
prácticamente imposible. Lo mejor que puede decirse es que la presidencia de
Mandela vio la aparición de un nuevo y potente fenómeno social, inimaginable en
los años del apartheid: una clase media negra floreciente. Podría haber
emprendido toda una redistribución de la riqueza nacional, pero eso seguramente
habría provocado lo que más temía, una guerra civil entre razas. La economía
que hubiera quedado después habría sido una economía de cementerio. Por lo que
Mandela luchó la mayor parte de su vida fue por la democracia, y, una vez
lograda, su prioridad pasó a ser la paz.
Un sinónimo de
magnanimidad podría ser grandeza. Es posible que no volvamos a ver nunca a nadie
igual.



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